Animales fantásticos en la propaganda de la Segunda Guerra Mundial

El líder nacionalista indio Subhash Chandra Bose descabeza al león británico respaldado por tanques de papel nipones

La Segunda Guerra Mundial no se libró sólo en los campos de batalla. Mientras los hombres se mataban por tierra, mar y aire, una guerra más sutil se libraba por los corazones y las mentes. El arma empleada fue la propaganda; que las democracias occidentales habían perfeccionado durante el periodo de entreguerras, incorporando la radio y el cine a los mass media. Pero lo visual seguía siendo importante, y la representación zoomorfa tenía un alto cupo en la sátira política y en la cartelística.

Así, las alegorías de animales convivieron con referencias históricas, mitológicas, literarias, artísticas, de la cultura popular y líderes caricaturizados. Éste totum revolutum de códigos compartidos permitió estereotipar al enemigo y desfigurarlo; mantener los odios candentes para dar fuel a las batallas, y generar una retórica patriótica, aglutinando a la sociedad en torno a un objetivo común.

Fragmento del Atlas de Europa de W. Blaeu llenando de osos el septentrión. Grabado en cobre (1617-1630).

Jugando con un canon ya asentado en el subconsciente colectivo, estos seres plasmaban simbólicamente las virtudes y los vicios de un país. Algunos eran básicos y pertenecían en exclusiva a un contendiente, como el oso ruso y su temible abrazo; pero otros no tenían asignación fija y simplemente constituían un fondo de saco de alimañas o seres repugnantes: pulpos, arañas, sierpes, hienas o buitres.

Para un artista era fácil recurrir al león británico si quería expresar orgullo y compostura, pero apretando un poco lo que conseguía era una imagen de soberbia y altanería. El oso soviético pasaba de poderoso a perezoso y el águila norteamericana de celosa guardiana de la democracia a pájaro rapaz de ademán inmisericorde. Mediante sonrisas amables o desfigurando sus rasgos con colmillos extralargos o mirada embrutecida los caricaturistas del Eje, del Mundo Libre y de la URSS distorsionaban a placer los símbolos nacionales preestablecidos.

The brithish lion & Le coq gaulois salvan a la damisela en apuros turca del oso ruso en una escena animada de la  película The Charge of the Light Brigade (1968). PINCHA PARA VER.

No siempre coincidían los deseos del comitente y del dibujante. Los carteles de propaganda, cargados de un componente visual impactante, se ajustaban strictu sensu al aparato político que aprobaba su impresión. Pero las tiras satíricas eran redactadas por periodistas, no títeres gubernamentales, por lo que la libertad de prensa, los juegos de palabras y las dobles lecturas animaban a la aparición de dibujantes díscolos que contravenían los partidismos del director u ofendían a alguna primera espada del ruedo político.

La elegante sequedad del humor británico

En las democracias occidentales, donde había una larga tradición de autocrítica, era parte del oficio el saber encajar las burlas de la prensa. El caricaturista David Low señaló con el dedo la tibieza de la clase política británica ante el expansionismo nazi y su no intervención en la guerra civil española. Este laissez faire prebélico cesa en septiembre de 1939; y es a partir del trauma que supuso Dunkerke (1940) y del blitz de Londres cuando todos los medios ingleses se ponen al servicio de la maquinaria estatal, sin fisuras.

El semanario británico Punch  puede servir como paradigma de esta lectura en clave de humor negro de la actualidad, con unos sets and settings autorreferenciantes y unas frases lapidarias que complementan deliciosamente las viñetas.

Un motivo clásico fue la representación de choques fronterizos coprotagonizados por un perro con malas pulgas, un allanador de la propiedad privada, y una valla que simbolizaba la frontera entre dos países; los actores variaban, pero el mensaje era cave canem!. Si el agredido estaba en clara posición de inferioridad se lo representaba como a un niño indefenso (Bélgica en la I Guerra Mundial) o como a un monigote que suscitara lastima (Neville Chamberlain).

Los negritos van cayendo uno a uno de la rama de la neutralidad. Leslie Illinworth.

Otra pieza narrativa recurrente fue la de representar a la Unión Soviética como a un oso metido en un foso al que no convenía molestar. Hitler se metió en la osera y no pudo salir. Más tarde el Tío Sam, conocedor de como se las gastaba el plantígrado soviético, le extenderá con cautela el Plan Baruch. Éste Bear pit of Europe será un escenario habitual durante toda la Guerra Fría (1947-1989).

Pero durante un breve lapso, tras el pacto germano-soviético (1939-1941), rusos y alemanes fueron homologables. Una viñeta de Leslie Illinworth muestra dos caimanes, uno con una esvástica tatuada en el lomo y otro con una hoz y un martillo, merodeando la rama de la neutralidad de la que van desprendiéndose negritos a los que engullir. Finlandia, Austria, Polonia y Checoslovaquia ya han caído y los demás murmuran sollozando que si se quedan calladitos igual les dejan tranquilos.

Otra viñeta archiconocida representa a Hitler y a Stalin como dos pitones que han dislocado su cuerpo para tragarse Europa Oriental. El mencionado Low caricaturiza a los dos líderes saludándose cortesmente en la línea Curzon sobre el cuerpo tendido de un soldado polaco. Otro dibujo los pinta directamente cogidos de la mano  y viviendo una imposible luna de miel. Solo a raíz de la invasión alemana a Rusia en 1941 se paralizan las afrentas al bolchevismo y Stalin pasa a ser conocido como el Tio Joe. El oso se transforma en la bete noir del fascismo, que abriendo sus enormes fauces se traga paladas de millones de landsers.

Esta vez el Führer arrastra un trofeo más grande de lo que puede manejar, Dr. Seuss.

Walt Disney contra los japanazis

Al otro lado del charco las tiras políticas norteamericanas se permitieron el lujo de hacer sátira de una forma desenfadada e irreverente -como si la guerra europea no fuera con ellos- hasta el ataque japonés a Pearl Harbor (7 de diciembre de 1941). A partir de esta fecha la guerra se globaliza y la producción industrial se engrasa saturando al ejército de material bélico y el país se empapela de posters destinados a la venta de bonos de guerra y a la deshumanización del enemigo. Los sloganes eran simples y contundentes, capaces de ser desentrañados sin dotes hermenéuticas por el norteamericano medio.

Hollywood produjo películas de propaganda para el gobierno y Walt Disney prestó sus iconos pop y animalillos a la causa Aliada. Destaca un cortometraje títulado Der Fuehrer’s Face en el cual el Pato Donald sueña que vive en nutzi land, sometido a una dieta espartana: café de un solo grano, aerosol con sabor a huevos con bacon y un mendrugo de pan; al Mein Kampf como libro de cabecera, y al trabajo de sol a sol en una fabrica de municiones. Disney también produjo los cortos Education for Death, The Spirit of ’43 y los documentales Why We Fight?

En el Nuevo Orden Mundial cuando aparece una fotografía de Adolf Hitler es obligatorio saludar brazo en alto. Der Fuehrer’s Face (1943). PINCHA PARA VER.

La Warner Bros aportó su granito de arena con The Ducktators (1942) que narra en forma de sátira el ascenso de los dictadores del Eje (eclosionando metafóricamente de huevos corruptos). Prácticamente todos los iconos pop de la Edad de Oro de la animación norteamericana lucharon por el Tio Sam en el celuloide: Popeye el Marino, Superman, el Pato Lucas, el Pájaro Loco, Bambi…

Y es que aunque no patearan traseros nazis, tanto se habían encariñado los soldados con estos dibujos que todo artilugio que se moviera con gasolina era susceptible de ser decorado con motivos dyswaltianos; pero la mayor parte de la parafernalia se pintaba en el fuselaje de los aviones junto a chicas pin-up y nose art de fauces de tiburón.

Pero la magia de Disney era universal: Hitler pintaba enanitos a escondidas y ases de la aviación como Adolf Galland adornaron sus Me-109E con Mickey Mouse. Debía ser humillante para un piloto de caza ser derribado y que lo último que viera fuera la jovial sonrisa del ratón.

Un monstruo viene a verme

Hay que apuntar que gran la obsesión yankee fue la deshumanización del japonés representándolo como un hombrecillo miope, de prominente dentadura y de rezumante crueldad. Cuando Roosevelt decide destinar más recursos al teatro europeo de operaciones, con el slogan Germany First, surgen posters que híbridan a krauts y gooks en una bestia bicéfala: el monstruo japanazi.

Aunque fue Japón quien comenzó las hostilidades la propaganda estadounidense equiparó a japoneses y nazis para mentalizar a la población de que el esfuerzo más grande se iba a hacer en Europa.

Con la contienda ya avanzada y la revelación de las atrocidades nazis – los campos de concentración o masacres como la de las fosas Ardeatinas- los animales prebélicos se transformarán en monstruos sacados directamente de las pesadillas de un interno de psiquiátrico. Los alemanes preferirán quimeras amalgamadas, como una especie de yeti semita comunista-liberal, o un engendro gigante con capucha del ku-klux klan, negros enjaulados, miss america, y diversos tópicos yankees. Si trazamos el linaje patrilineal de estos kingkones vemos que su progenitor es el kaiser Guillermo II con filiación de bastardia del propio Hitler

La inspección de Marte, Simplicissimus, 1942. El Dios de la Guerra pasa revista al estado físico de los lideres Aliados.

Esta tendencia se puede percibir a partir de 1943 en los alemanes, 1940 en los británicos y desde el principio en los soviéticos. El motivo es que cuando la guerra es de signo favorable o permanece en tablas lo interesante es mostrar al rival como alguien inferior, que no infunda mucho respeto, sin embargo cuando cambian las tornas hay que persuadir a la población de que resista a ultranza, promoviendo la resistencia contra un enemigo sanguinario e implacable.

Las revistas germanas Simplicissimus o Lustige Blätter dedicaron sus páginas de la primera mitad de la contienda a presentar a Churchill como un alcohólico o a Roosevelt como un lisiado al que su mujer le engañaba. Tras la batalla de Kursk, en agosto de 1943, ya no aparecen caricaturas sino versiones pentagruélicas de los lideres enemigos.

La imaginación al poder

Las escenas que acabamos de estudiar están convenientemente melodramatizadas. La virtud de un buen cartelista es la de poder imaginar escenas con anclajes a referencias compartidas, haciendo un buen arte, interesante por si mismo, y saber apelar a los instintos más primarios. Las viñetas satíricas, por otra parte, son un poco más exigentes y demandan un público más cultivado.

Cartel de reclutamiento en Sri Lanka. El león británico pide ayuda a su primo, el león de Lanka.

Por ello un propagandista todoterreno debe tener sensibilidad artística, dotes de psicólogo y de publicista, habilidad en las relaciones públicas y tener muy claro el mantra de que los hombres no saben juzgar sus intereses. Los eslóganes solo son interiorizados si cuentan con aprobación social, y aquí entramos en el terreno del relativismo cultural del que los anglosajones se hicieron maestros.

A continuación un ejemplo de libro de cómo no hay que hacerlo. Cuando Alemania invadió Bélgica durante la Primera Guerra Mundial intentó tachar a los belgas como partisanos ante la opinión publica norteamericana. Vendiéndolos como franc tireurs que no seguían las “reglas de la guerra” no tuvo en cuenta que en EEUU eso no era algo mal visto, pues ellos siguieron esa misma táctica en su guerra de Independencia ante los británicos. Los minutemen eran colonos que se movilizaban “en menos de un minuto” para hostigar a los casacas rojas ingleses.

Los británicos, por otra parte, vendieron la invasión de Bélgica como una violación de su neutralidad y pusieron a trabajar su maquina propagandista para capitalizar el sufrimiento del pueblo belga. Las sensacionalistas historias de los desmanes teutones llenaron los tabloides de imaginación desbordante: carniceros troceando a bebés sobre tocones de madera, crucifixiones al borde del camino o monjas a las que se les cortaban los pechos; ejemplos estándar de lo que posteriormente se ha conocido como propaganda de la atrocidad.

Aunque a posteriori se comprobó que la represión alemana fue desproporcionada en relación a la actividad guerrillera belga, ésta no llegó a las cotas de barbarie difundidas por los ingleses. Pero, como un buen propagandista sabe, ¿qué es más importante?, ¿lo que pasó o lo que la gente cree realmente que pasó?

Carlos de Lorenzo Ramos

Fuentes consultadas:

Horne, German Atrocities, 1914: A History of Denial

Jackal, Propaganda

McCloskey, Artists of World War II

Rhodes, Propaganda The Art of Persuasion: World War II 

http://www.punch.co.uk/

http://www.simplicissimus.info/index.php?id=5

http://www.historynet.com/interview-with-world-war-ii-luftwaffe-general-and-ace-pilot-adolf-galland.html