El castillo de Marcilla, eslabón defensivo de Navarra

castillo de marcilla

El castillo navarro de Marcilla (1424) se esconde tras un foso en el que todos los años los habitantes de Marcilla compiten lanzando un azadón llamado la Rabiosa. Los marqueses de Falces dieron vida a este bastión gótico protegido por un potente talud de piedras, angulosas almenas y anguladas saetas. Fortaleza defensiva en sus comienzos, después castillo palaciego y por ultimo mansión señorial. Su sala de armas contenía morriones, largas adargas, petos, picas y la cámara del marqués custodiaba la Tizona, la espada mandoble de Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid. En la capilla se veneraba una Santa Espina de la corona de Cristo y se dice que se conservaba uno de los denarios de plata “del dinero de los que fue vendido nuestro señor”.

Su fundación se remonta al 610, año en el que el rey visigodo Gundemaro dio el beneplacito a su poblamiento. Sus villanos ya gozaban de reputación de guerreros fieros cuando, al mando de Fermín de Marcilla, la milicia local se ganó el derecho a grabar en el blasón de la ciudad las cadenas apresadas a los almohades en las Navas de Tolosa.

Carlos III de Navarra (1361-1425), tras desterrar a las monjas cistercienses a Cambrón, le concedió a su fiel sirviente Mosén Pierres el Viejo 1.000 libras de plata y materiales para que erigiera uno de los eslabones defensivos navarros y protegiera la zona de la Ribera. El tal Mosén Pierres de Peralta fue nombrado primer “ricohombre” navarro en 1416 y fundó una dinastía en la que se incluye Gastón de Peralta, virrey de Nueva España y condestable de Navarra bajo Felipe II. El fundador del opus Dei, Jose Maria Escrivá de Balaguer, también proviene de este tronco común.

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Gaston de Peralta.

Pero el más díscolo y conspirador de los sucesores de Peralta fue su hijo, llamado igual que él. Mosén Pierres el joven se alió con Juan II de Aragón y por orden suya envenenó y encarceló a la princesa Blanca en 1464. En un primer momento aupó a Nicolás de Chavarri como obispo de Pamplona, pero siete años después en 1469 ordenó su muerte a lanzadas, lo que fue llamado como “el beso de Judas”.

El condestable fue excomulgado por el sacrílego homicidio, y aunque intentó apelar a la diócesis de Zaragoza, tuvo que marchar a Roma a suplicar perdón al Santo Padre. Cuenta la leyenda que, ya en la Ciudad Eterna, urdió un engaño al paso del Papa y tras arrojarse al Tiber se fingió moribundo. El Papa acercósele y le dijo “Yo os absuelvo, siempre que no seáis Mosén Pierres de Peralta”. En realidad se le perdonó con la condición de que celebrara una misa anual por el alma del obispo Nicolás el día de San Clemente Mártir, el 3 de noviembre. Aun así los lugareños de la zona siguen exclamando ante alguna fechoría:“eres más malo que Pierres”.

El marquesado de Falces fue instituido en 1513 por Fernando el Católico, convirtiéndose en uno de los más importantes del reino. Pero en 1516 Navarra se sublevó contra Castilla y el Cardenal Cisneros mandó tropa castellana a demoler la fortaleza. Más la marquesa de Falces, doña Ana de Velasco, se antepuso al ejército comandado por el Coronel Villalba. La astuta marquesa reunió víveres para el asedio, pero cuando llegaron los castellanos les convidó a un banquete y les tributó gran recibimiento, por lo que salvó el castillo de su marido, Alonso de Peralta.

Carlos de Lorenzo Ramos

c.d.lorenz@hotmail.com

Nunca la era vikinga fue tan divertida

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Assur es el nombre de la novela de Francisco Narla que tiene como eje las correrías normandas en Galicia y que sumerge al lector en el turbulento siglo X

Infanzones leoneses que manejan con peligrosidad mortal espadas bastardas, bersekers normandos delirantes que se lanzan al combate semidesnudos y drakkares vikingos internándose profundamente en las rías gallegas. Esto es lo que nos propone a lo largo de mil fantásticas páginas el novelista Francisco Narla en Assur, embarcándonos en un viaje por el siglo decimo europeo, un periodo de oscuridad conocido como la era vikinga (800-1100). El protagonista es un niño de Outeiro, Assur, que contempla horrorizado cómo una incursión de hombres del norte venidos para saquear Compostela, asesinan a su familia y toman a sus hermanos como botín. Desamparado con la única compañía de un lobo, pronto es apadrinado por el infanzón Gutier de León, al servicio del conde Gonzalo Sánchez. Su afán por rescatar a sus hermanos le llevará a participar en la Batalla de Adobrica, una emboscada en las rías gallegas para  expulsar a los normandos, donde será capturado.

Como esclavo fugado se enrolará en un ballenero capitaneado por Leif Eriksson, hijo del fundador de la colonia de Groenland. Assur viajará a Vinland, a la desconocida tierra de poniente donde sufrirá peligros sin fin, siempre con la idea del regreso en mente.

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ASSUR, Francisco Narla, Th Novela, 960 págs, 23.90 euros.

Hasta la primera centuria del año mil, los enormes y rubios escandinavos se dedicaron a acometer correrías y saqueos por todos los mares cartografiados. Su audacia les llevó incluso a librar batallas navales en el mar Negro contra Constantinopla. Sus drakares,cuyo casco acababa en fauces de dragón, maniobraban con soltura entre los grandes dromones bizantinos, que les arrojaban el inextinguible fuego griego. Constantinopla se convertiría para ellos en la mítica Miklagard, la Gran Ciudad, a la que llegaron tras colonizar los ríos rusos y fundar Kiev. Famosa fue la guardia Varega de los emperadores bizantinos, compuesta por escandinavos y más tarde también por ingleses.

Los hijos de Odín remontaron inclusive el rio Guadalquivir donde fueron frenados a las puertas de Córdoba por los andalusíes, acosaron Galicia e incluso llegaron a las costas deTerranova. En su época se les conoció como los normandos, los hombres del norte, y en una de sus numerosas incursiones remontaron el Sena y llegaron a Paris. Los francos ya conocían a estos asaltantes desde el siglo VIII, cuando Carlomagno hizo uso frecuente de sus cómites para repeler a los saqueadores rubios. Desde su feudo en Normandía, una tierra bañada por el Sena y que incluía la península de Cotentin, pasaron a Inglaterra en el 1066 donde se adueñaron del país tras derrotar a los sajones en la batalla de Hastings.

Según palabras del autor en la rueda de prensa, Assur está escrito para perdurar, y ciertamente al pasar sus páginas se respira ese aire clásico que desprende toda buena novela. Tiene ritmo y las palabras están escritas con precisión, siempre eligiendo la opción más adecuada y en eso se intuye la mente matemática de Narla, que es piloto y ha escrito importantes manuales de aviación. El único pero es que algunos párrafos alargan demasiado la historia y que esta quizás podría ocupar un tercio de la extensión que ocupa.

El resultado es que tenemos entre manos una entretenida novela histórica, con todos los ingredientes para triunfar: un protagonista que madura a lo largo de la aventura, héroes y malvados, y un poderoso objetivo en mente, el rescate de sus hermanos. El gallego Francisco Narla es un hombre polifacético: erudito, cocinero, amante de los bonsáis, del tiro con arco y con una fisionomía que le emparenta con esos conquistadores escandinavos. Esta es su primera novela historica y se ha tomado todo el tiempo para documentarse y no dejar cabos sueltos. Fruto de su esfuerzo nació Assur, que pone en evidencia que el islam no era el único enemigo de los cristianos durante la Reconquista.

Carlos de Lorenzo Ramos

c.d.lorenz@hotmail.com

Ecos de la maldición del Temple

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Hace 700 años se culminaba un maquiavélico plan orquestado entre el rey francés Felipe el Hermoso y el papa Clemente V. La Orden del Temple quedaba disuelta y todas sus posesiones repartidas como botín

Dios vengará nuestra muerte. ¡Clemente, y tu también Felipe!, traidores a la palabra dada. ¡Os emplazo a los dos ante el Tribunal de Dios!… A ti Clemente, antes de cuarenta días, y a ti, Felipe, dentro de este año”. Así ardió en la hoguera Jacques de Molay, vigesimotercer gran maestre de la Orden del Temple, apaleado y engañado el 18 de marzo de 1314. La maldición se cobró la vida del Papa al mes y la del rey de Francia en el tiempo estipulado. El canciller Guillermo de Nogaret, que acusó a los templarios de adorar al demonio Baphomet, también murió, envenenado antes de que el mundo viera otro verano. Enguerand de Marigny, el ministro de finanzas, pereció ahorcado al siguiente año. De un modo u otro todos los actores de esta trama desaparecieron.

Esta fue la consecuencia de la bula Ad providam, de 2 de mayo de 1312, por la que Clemente V disolvió a los Templarios y otorgó sus  bienes a los Hospitalarios,  que no pudieron  evitar la depredación de Felipe el Hermoso,  pues también tuvieron que entregar 200.000 libras tornesas. Un proceso inquisitorial juzgó posteriormente a los templarios, condenándolos a la hoguera.

Urdiendo el plan Maestre

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Felipe IV el Hermoso.

La  conspiración se había empezado  a gestar en los salones del soberano francés Felipe el Hermoso,  quien  acosado por las deudas fijó  su atención en las inmensas riquezas de laOrden del Templo de Salomón. Clemente V, papa cismático, con sede en Aviñón, mostró sumisión a su señor e incoó un proceso inquisitorial para disolver el Temple y quedarse con su oro. Urdió cuidadosamente su plan y convocó al Gran Maestre a sus dominios.

Jacques de Molay vivía obsesionado con recuperar los Santos Lugares y por ello había organizado múltiples expediciones. Nunca recibió ni un mendrugo de pan de las majestades católicas, por lo que acudió presuroso a la llamada del Pontífice. El señuelo era la promulgación de una nueva Cruzada, así que se presentó en Francia con todo el oro y la plata de la Orden.

La Militia Christi

Los Pobres Soldados de Cristo se fundaron a finales de la Primera Cruzada en 1099. Al grito “Deus le Vult” (Dios lo quiere), miles de famélicos campesinos y hombres de armas, cientos de nobles feudales y unos pocos reyes habían cruzado Europa desde Finisterre hasta el Bósforo para reconquistar Tierra Santa a los turcos.

Recuperada Jerusalén a sangre y fuego, dos nobles francos fundaron la Orden con el noble propósito de escoltar y defender a los peregrinos de los salteadores  y guardar el Santo Sepulcro. Obligados a dormir con su blusón, y vestidos con calzones de hierro, esta casta de monjes guerreros portaban los evangelios en la diestra y una maza en la siniestra. Sus vestiduras blancas llevaban cosida la baucent, la cruz bermellón, que simbolizaba la pureza del espíritu.

Con la pérdida del último baluarte cristiano, San Juan de Acre, la misión fundacional de los templarios dejó de tener sentido, y enfocaron sus energías en el comercio; de hecho, se convirtieron en banqueros de reyes. Residieron un tiempo en Chipre, pero pronto trasladaron su sede a París. Felipe el Hermoso odiaba a la Orden, pero la necesitaba. Estaba arruinado. Por ello se valió de su canciller Guillermo de Nogaret para verter acusaciones sobre los templarios.
Antes de tener a su disposición al sumiso Clemente,  el soberano ya tuvo un conflicto con el anterior ocupante de la silla de San Pedro, el papa Bonifacio VIII. Un militar italiano,Sciara Colonna, abofeteo y  apresó  a Bonifacio en la villa Agnani en 1303 . La plebe se sublevó contra los 300 jinetes del condottiero, y rescató al vicario de Cristo, que logró escapar, muriendo poco después, no sin antes excomulgar a Felipe. Éste finalmente consigue hacerse con los servicios de un pontífice atado en corto, Clemente V.

Nogaret dio la orden de que se prendiera a todos los templarios simultáneamente en todo el país. Era viernes 13 de octubre, día que quedó desde entonces identificado con la mala suerte.

Una hoguera sobre el Sena

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La maldición del último Gran Maestre.

No se libró ni uno, todos fueron torturados o amenazados con promesas de dolor, desde el Gran Maestre hasta el más humilde sargento. El Papa tuvo un golpe de culpabilidad y anuló toda la acusación del proceso por no haber sido obtenida lícitamente. Pero nada sirvió, los padecimientos produjeron mentiras, y este falso testimonio prevaleció. Felipe autonombrado “Defensor de la Fe” dio alas al proceso y Clemente no tuvo otra opción que bajar la cabeza y acusar a la orden de herejía.

En una plataforma instalada a las afueras de la catedral de Notre-Dame, Jacques de Molayse recompuso y defendió su inocencia, y ofreció el sacrificio de su propia vida. Murió atado a una estaca en la isla sobre el río Sena, “purificado” por el fuego redentor en el día de la Candelaria, 18 de marzo de 1314. Los verdugos alimentaron la pira con leños húmedos para que la agonía se prolongara en el tiempo.  Los tesoros del Temple se los repartieron el Rey, el Papa y la Orden de San Juan.

Carlos de Lorenzo Ramos

C.d.lorenz@hotmail.com