Dioses, tumbas y sabios: el propagandista nazi que divulgó arqueología

carter

Dioses, tumbas y sabios es un libro de divulgación histórica, obra del escritor alemán C.W. Ceram. Se publicó por ver primera en 1949. Tuvo la virtud de acercar al gran público los secretos de la arqueología. Desde su publicación fue un éxito de ventas, traducido a numerosas lenguas, y reimpreso en la actualidad.

Cuando los tanques estadounidenses entraron en Irak en el 2003 acamparon en un yacimiento arqueológico próximo al palacio de Sadam Hussein. Los dos millares de norteamericanos no repararon en que obliteraban las huellas de un pasado más importante que ellos mismos. Los restos, de 4.000 años de antigüedad, pertenecían a la civilización babilónica, y los blindados, hollando las arenas milenarias, destruyeron el pavimento y dañaron la puerta de Ishtar.

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C.W Ceram

Cada arañazo al patrimonio mesopotamico repugnaría a C.W. Ceram, el autor de “Dioses, tumbas y sabios”, que sentía un profundo aprecio por el pasado, y narró las aventuras y desventuras de unos arqueólogos primerizos que, al despuntar el siglo XIX, se veían en pañales en esa nueva profesión. Su libro es una combinación de aventura e historia, pero escrito en forma de ensayo, siempre instructivo y que no comete el mayor pecado de las letras juntas: ser aburridas.

La propia vida de Ceram es interesante. Para empezar su apellido es un anagrama. Su verdadero nombre es Kurt Wilhelm Marek y en vez de buscarse un alter ego literario decidió darle un toque anglosajón a su apellido alemán cambiando el orden de las letras. Ceram sirvió durante la Segunda Guerra Mundial como propagandista de Hitler y, cambiando pluma por fusil, fue apresado por los soldados Aliados en una batalla tan internacional como su obra, Montecassino. Su dilatada experiencia en las letras (la sociedad nacionalsocialista era meritocratica y el talento de Marek fue aprovechado) le recondujo a la divulgación arqueológica.

Destaca el capítulo dedicado al arqueólogo alemán Shliemann que, desafiando a un mundo que se burlaba de él, se propuso descubrir Troya allí donde los textos homéricos ubicaban la ciudad de Príamo, en la colina de Hisarlik. Que Ceram no era academicista se demuestra en que excusa los comportamientos vándalicos de los arqueólogos amateurs a la hora de llevar sus excavaciones. Shlieman no tuvo reparo en volar capa tras capa de Ilión con dinamita hasta llegar al séptimo estrato. Peló Troya como si fuera una cebolla.

Con sus palabras apasionadas Ceram consigue sumergirnos en un mundo más parecido al de Indiana Jones que a la poco excitante tarea de ordenar científicamente los hallazgos de la arqueología moderna. En el pasado era mucho más peligroso salir de la esfera del mundo occidental. Aunque hoy te siguen dando matarile para robarte el rolex y hay mucha gente que viaja pensando que el mundo es Bambi, las excavaciones no hay que defenderlas rifle en mano de saqueadores derviches. Los primeros arqueólogos eran aventureros que querían vivir experiencias líricas y parecerse a aquellos héroes de las historias de su niñez. Dentro de la profesión nos encontramos una variopinta caterva de excéntricos lords ingleses, millonarios con mucho tiempo libre o forzudos de circo.

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Portada del libro en edición en lengua inglesa.

Personalmente disfruté más con los primeros capítulos del libro: los protagonizados por la cultura micenica y minoica. Antes de empezar a leer “Dioses, tumbas y sabios” llevaba un tiempo empapándome de la historia de la Guerra de Troya y de la interpretación que se le ha dado en cada época; desde el intento de apropiarse de Eneas y sus dárdanos por los romanos, a las historias de amor cortés entre Troilo y Crésida en la Edad media. Los capítulos dedicados a Troya y a la Creta redescubierta por Evans me provocaron la sensación de que sí; de que el poeta ciego del ayer se basó en hechos reales. Que los nobles aqueos reñían desde sus carros acorazados con armaduras como la encontrada en Dendra. Que hubo una gran expedición para dominar las rutas comerciales del Helesponto y que el declive de Creta se debe tanto a las invasiones micenicas,a temperadas con casamientos, como a los terremotos que sacudieron el Egeo.

También compartimos la excitación de lord Carnavon y Howard Carter cuando penetran en la tumba de Tutankamon, la única que quedó libre de saqueo en el Valle de los reyes. Ceram hace bien en atribuir todo el merito a Carter en detrimento de Carnavon que puso el capital y cierto entusiamo despreocupado. Como buen libro divulgativo no se priva de comentar la terrible maldición que cayó sobre los que desenterraron al faraón.

Los capítulos dedicados a Pompeya y al desciframiento de la piedra Rosetta les siguen en interés. Ceram también dedica sendos capítulos a Babilonia y la cultura maya, pero mi periodo y ámbito geográfico preferido es el Egeo.Debido a que el libro fue escrito en 1954 muchas tesis han sido superadas y se han descubierto muchas inexactitudes, pero el apasionamiento de Ceram en hilvanar y descubrir el pasado sigue siendo hoy igual de valido que hace medio siglo.

 

Carlos de Lorenzo Ramos

c.d.lorenz@hotmail.com

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