¿Cuánto valía un caballo cosaco?, y como esconder los naipes en un gulag

cosacos tumban sus caballos

El rabino Reb Mendel Futerfas pasó 14 años en campos de concentración soviéticos, allí conoció a prisioneros de los que extrajo material valioso para sus sermones, como las historias de un viejo cosaco.

En los gulags soviéticos coexistieron reos de delito común y de sangre, comerciantes estraperlistas, judíos, idealistas políticos y minorías étnicas… Es decir delincuentes y enemigos del régimen bolchevique. Reb Mendel Futerfas (1906-1995), rabino clandestino que pasó 14 años en campos de concentración siberianos, conoció de primera mano las historias de un jinete cosaco.

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Caballo cosaco, oleo de James Ward.

Mendel, entre oración y oración, se dedicó a charlar con el representante de tan altivo pueblo, y este le legó retazos de tradiciones forjadas en la estepa del Mar Negro desde el siglo XV.

“Déjame ilustrar cuán precioso era un caballo cosaco. Un caballo ordinario costaba 10 rublos; un buen caballo joven, 20 rublos; un caballo de carrera, 50 rublos; y un caballo cosaco, 500 rublos“, contó el nómada a Mendel.

El prohibitivo precio del equino nacía de su exigente selección. No eran caballos criados por el ser humano, sino que provenían de manadas salvajes de las estepas próximas al río Don. Cuando los cosacos se encaprichaban de algún corcel perseguían a la manada, de mil o dos mil ejemplares, a toda velocidad. Gran parte de las presas caerían en la primera criba.

Seguidamente encauzarían a la manada hacía el río, donde los que no consiguieran atravesar la barrera de agua, se ahogarían arrastrados por la corriente. Los cosacos no buscaban rasgos de fortaleza supraequina; los que se marchaban tras franquear el río eran ignorados.

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El rabino Reb Mendel Futerfas.

Los codiciados eran los pocos que conseguían cruzar, volvían grupa, y trataban de socorrer a aquellos miembros de la manada que seguían entre dos aguas. Los cosacos enfocaban su atención hacía estos especímenes “lo suficientemente locos” y los perseguían hasta que el corcel cayera derrengado y era capturado.

Durante el primer mes de doma al caballo se le daba la ración justa para que no muriera de estarvación y se lo dejaba trotar en un picadero acotado. Después era entrenado para reconocer a un único amo que usaba el método de castigo y premio, hasta conseguir que lo aceptara como jinete. Luego se lo acostumbraba a las riendas y al bocado; llegados a este punto el aprendizaje era rápido.

Por todos estos motivos, explicaba el prisionero cosaco, los caballos de la estepa, seleccionados de generación en generación, “podían saltar al fuego por su amo, a través de los árboles o de las casas”.

Reb Mendel basó muchos de sus sermones en historias de su cautiverio, sacando lecciones valiosas de la experiencia. Contó, por ejemplo, como estaba prohibido jugar a los naipes en el gulag y aún así todos los prisioneros jugaban en sus celdas. Cuando se acercaba el guardia de la prisión las cartas desaparecían misteriosamente, por más que el vigilante se afanara en buscarlas. Cuando finalmente se rindió y prometió que no les confiscaría las cartas si le confesaban donde las escondían, la respuesta fue simple. Cada vez que el supervisor entraba se las ingeniaban para introducirle las cartas en el bolsillo, y las recuperaban antes de que saliera de la celda.

Las lecciones que se pueden sacar de estas dos historias quedan a la interpretación de cada uno.

Carlos de Lorenzo Ramos

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