Samuel Adams, de cervecero a instigador del Motín del Té

samuel adams boston lagerSamuel Adams no solo es la marca de cerveza más cara del mundo; también es el nombre de uno de los Padres de la Independencia de Estados Unidos (1722-1803). Considerado un agitador social por unos, y un clarividente que se opuso a los abusos de la metrópoli desde mucho antes de la Revolución Americana por otros; lo cierto es que el personaje histórico fue a la vez un hombre de Estado y un filosofo político. El austero “Catón de América” tuvo un lugar prominente en los hechos posteriores al Motín del Té (1773).

Nació en Boston, Massachusetts, en el seno de una familia religiosa y políticamente activa. Adams tuvo doce hermanos,de los que solo sobrevivieron tres; lo que le permitió estudiar enHarvard. Al graduarse pensó en dedicarse a la abogacía, pero fue recaudador de impuestos y pésimo hombre de negocios. Su padre le prestó 1.000 libras, una cantidad nada despreciable para la época, pero era mal gestor y el dinero se esfumó de sus manos. Durante unos años trabajó en la fabrica de cervezas familiar. De ahí que un poeta le llamara burlescamente Sam the maltser.

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Motín del Té de Boston. No todos los asaltantes iban disfrazados de indios mohawks.

Adams pronto pasó a su gran pasión: la política, oponiéndose a los esfuerzos del Parlamento Británico por cobrar impuestos desmedidos en sus colonias. Lanzó un diario antibritánico, el Independent Adverster, que conminaba a la gente a resistir contra los abusos de poder de la metropoli.

El enorme costo económico de la Guerra de los Siete años contra Francia (1756-1764), decidió a Gran Bretaña a subir la tasa impositiva en sus colonias. Fueron medidas paulatinas y que chocaron con las tradiciones de libre mercado de los estadounidenses.El Parlamento impuso en 1764 la Sugar Act, que obligó a pagar impuestos por el azúcar. En 1765, la aprobación de la Stamp Act, suponía el pagar un canon por la mayoría de los materiales impresos. Ante la ira y el boicot popular, el Parlamento dio marcha atrás.

Las Townshend Acts suponen la tercera subida impositiva. El Parlamento introdujo una serie de impuestos leves a determinados bienes, para dejar sentado el precedente de cobrar tasas, inexistente en las Trece Colonias. Adams volvió a llamar al boicott. Esta vez Inglaterra no dio marcha atrás y mandó dos regimientos a ocupar Boston en 1768.

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Padre de la Patria e icono popular.

La prensa local, manipulada por Adams, pintó a los casacas rojas como monstruos dedicados al pillaje; y poco después se produjo la masacre de Boston (1770), en la que murieron 5 civiles. Ante la protesta de los lugareños, los ingleses se retiraron a Casttle William.

Después de un Periodo de Calma de tres años, en el que los colonos levantaron el veto a los productos ingleses, se produjo el famoso evento iconográfico de la Revolución Américana: el motín del Té. Un grupo de habitantes de Boston, que se calculan entre 30 y 130, asaltó tres barcos británicos; el Darthmouth, elEleanor y el Deaver, y arrojaron su cargamento al fondo marino. Los estadounidenses estaban cansados de los monopolios y de que decidiera sus asuntos un tirano, Jorge III, a un océano de distancia. Se desconoce si Adams participó en el acto, pero defendió a capa y espada ese hecho de rebeldía.

Gran Betraña respondió con las Coercitive Acts, que imponían grandes sanciones al Pueblo norteamericano. Adams partió a Philadelphia donde tomo parte en el Primer Congreso Continental, en el que se aprobo la Carta de Derechos y la oposición a las Coercitive Acts. El 4 de julio de 1776 se firmó la Declaración de Independencia de Estados Unidos, y Adams la firmó, aunque como regia el secretismo no sabemos que grado de participación tuvo en ella.

La guerra le llevo a ejercer la supervisión del esfuerzo económico, e impulso la gratificación monetaria a los que se realistaran en el Ejército Continental. Castigó severamente a los colonos que apoyaban a Inglaterra, pues los veía como“enemigos de la libertad”.

Carlos de Lorenzo Ramos

c.d.lorenz@hotmail.com

Hein Severloh, la Bestia de Omaha Beach

Saving_private_ryan“No hubo gloria en las playas ese día, solo mucha sangre, gritos y buenos chicos muriendo”. Heinrich Severloh, ametrallador del búnker WN62. Playa de Omaha. 6 de junio de 1944. Los norteamericanos de la 1 División de Infantería  le apodaron La Bestia de Omaha, después de que su MG-42 acabara con un millar de ellos.

Tal vez aquel héroe de la mitología griega llamado Cadmo seguía sembrando dientes de dragón, para ver como brotaban soldados de la tierra. Severloh llevaba en sus venas gotas de la sangre del dragón, un instinto para matar eficientemente. Un matador nato, ese hombre que en la guerra es apreciado y rehuido en la paz.

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Heinrich Severloh, conocido como la Bestia de Omaha.

Comenzaba el Día D. La hora H estaba prevista para las 5 de la mañana y cientos de lanchas de desembarco se afanaban en cruzar los 8 km del Canal de la Mancha; a un lado Gran Bretaña y al otro Normandía, protegida por el Muro Atlántico de Hitler. Con los invasores en el horizonte, un joven alemán de la División 352 llamado Hein Severloh amartilleaba su MG-42 del búnker WN62, con el dedo en el gatillo, esperando sin temor a los norteamericanos.

Los yankees dividieron la playa de Omaha en diez zonas. El WN62 cubría el este: los sectores Easy Red y Fox Green. la Bestia pasó nueve infernales horas en el nido de ametralladoras rociando la playa. Su posición estaba a 170 metros de la costa y a medio kilómetro del primer punto de desembarco, era invulnerable a las armas ligeras y tenía una línea de tiro perfecta. Únicamente temía ser rebasado por los flancos o recibir el tiro directo de los cañones de la Armada Aliada.

Manejando la ametralladora de izquierda a derecha barrió infinitamente su sector de balas, dejando un reguero de sangre y cuerpos sobre la arena y tiñendo la orilla de rojo. Su arma se recalentó tanto que quemaba la hierba, “pero seguían viniendo, ola tras ola de cada lancha de desembarco que arribaba a la orilla”.

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Sector Fox Green, playa de Omaha.

Recuerdo el primero en morir. El hombre emergió del mar, estaba buscando un sitio donde guarecerse”. La Bestia cogió su rifle Kar-98 y le apuntó a la cabeza, al cuadrado del centro de su casco. “Ví su casco rodar y supe que había muerto. ¿Qué podía hacer?. Eran ellos o yo. Eso fue todo lo que pensé”.

Eramos unos 30. Todos teníamos un único pensamiento. ¿Saldríamos vivos de aquí?”. Severloh no quería estar en Francia, ni en la guerra. Pero obedecía las ordenes de su teniente de abrir fuego  en el momento que asomaran las rodillas por encima del agua. Hasta ese fatídico día, la campiña normanda había sido como unas vacaciones para Severloh, veterano del Frente ruso.

Gastó 12.000 balas, sin pánico ni odio, solo cumpliendo su deber. Al principio los cuerpos estaban a 500 metros, luego a 400, finalmente a 150 metros. Había sangre, gritos, muertos y gente desplomándose. La pleamar traía más cuerpos a la costa.

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Las bajas estadounidenses llegaron a los 3.000 muertos.

Las pequeñas pausas eran aprovechadas para refrigerar la ametralladora. “Era consciente de que algunos camaradas se habían largado, pero sentía los ojos de mi teniente puestos en mi y me quedé en mi puesto”.

Temprano por la tarde me percaté de que era el único en la posición que seguía disparando. Podía ver tanques maniobrando por la playa y supe que no podía contenerlos. Era el momento de retirarse.

“Oí un grito de retirada del liutenant Frerking, buena persona y veterano a sus 32 años”. Severloh corrió de cráter en cráter detrás del complejo de búnkeres, le esperó, pero Frerking nunca apareció.

Hein se enteró muchos años después de que un estadounidense que rebasaba el búnker había ejecutado a su teniente. Severloh fue capturado esa noche en el pueblo de Coleville-Sur-Mer. No contó quien era pues no habrían mostrado piedad. Alrededor de 2.300 americanos murieron en Bloody Omaha. Se estima que un millar fueron abatidos por Severloh y el resto por los otros 29 hombres que vigilaban el búnker 62 del Muro Atlántico. Un tributo en sangre pagado por la infantería al haberse ido a pique los tanques en el Canal. Quizás Cadmo se regocijara con ese diente de dragón brotado el 6 de junio de 1944 y que como legión de uno solo sembró el caos en Normandía.

Carlos de Lorenzo Ramos

c.d.lorenz@hotmail.com

Sir Arthur Conan Doyle, cazador de focas

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El padre de Sherlock Holmes, escritor de inmenso éxito y cocainómano, como el propio inquilino de Baker Street, fue  cirujano a bordo de un barco ballenero antes de de comenzar su carrera literaria, aspecto poco conocido que ahora revela un diario inédito que escribió durante su periplo marino. Los descendientes del escritor escocés han consentido la publicación, 130 años más tarde, de las memorias de un veinteañero Conan Doyle mientras fue tripulante del Hope, en pos de la grasa y la piel de ballenas y focas. Este descubrimiento literario, el más apetecible de los últimos tiempos, arroja luz sobre un escritor del que parecía haberse dicho todo.

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Sir Arthur Conan Doyle en la cuarentena.

El diario fue escrito en 1880, y cuenta su periplo al terminar su tercer año de medicina. Decidió embarcarse en uno de los destinos más peligrosos que un joven podía emprender. No era raro que encallaran en aguas del Ártico varias decenas de barcos al año, hundidos por los inmisericordes icebergs. Estuvo, sin duda,  atraído por los dos peniques y tres chelines mensuales de paga, y por el incentivo de tres peniques por tonelada de aceite de ballena conseguido.

Las jornadas eran sangrientas e intensas, y la labor del marinero era matar tantas focas como pudiera. No todo es carnaza, pues el libro, escrito con preciosa caligrafía, contiene ilustraciones del barco y del terreno que exploraron en el Ártico.

Los siete meses que duró la expedición son un testimonio de la indiscriminada caza de ballenas de Groenlandia, llamadas las “right” (correctas), porque flotaban al morir y por eso eran las “correctas”. Su aceite era muy apreciado como combustible para lámparas, y sus fibras dentales eran usadas para que los corsés de las señoras victorianas lucieran espléndidos. En esos días no había sentimientos proconservacionistas. Un renombrado capitán, William Scoresby, daba gracias a Dios al final de su vida por haber acabado con 533 cetáceos.

Para finales del siglo XIX no quedaban muchas ballenas; pero sí “millones” de focas. “Parecen un cruce entre un cordero y una babosa gigante” opinaba Doyle. La crueldad con las que las liquidaban queda reflejada en esta frase, “a las madres se las dispara, y a los hijos se les descalabra el cerebro con mazas picudas. Después sondesolladas donde caen, y su grasa y piel son transportadas por su asesino al barco”.

Las matanzas de focas eran algo habitual en ese tiempo, a pesar de que Doyle escribiera sentimientos de empatía hacia esos animales. También describe la belleza del paisaje de hielo, y como se sentía afligido al ver el temor a la muerte en los pequeños ojos de las ballenas jorobadas antes de arponearlas.

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Doyle tenía una mala opinión sobre las orcas.

Aun a pesar de sentir ciertos remordimientos, Doyle expresa toda la crueldad de su oficio al describir el trágico fin de un elefante marino. El enorme animal se ocultaba de una manada de orcas en lo alto de un tempano de hielo. Mientras las ballenas asesinas jugaban a derribarlo, el pínipedo, desesperado, buscó cobijo cerca del barco, donde los hombres, en vez de ayudarle, lo mataron con un arpón.

También trató dolencias leves en su rol de cirujano. Dolores que no pusieron a  prueba sus dotes medicas, hasta que tuvo que curar a un sujeto con un grave problema intestinal. Tenía los intestinos pinzados y Doyle solo pudo ofrecerle cloroformo y morfina. El marinero murió poco después y fue lanzado al océano con todos los honores, “sin salpicar”.

Estos trabajos primerizos, tanto de ficción como de no ficción, sirvieron para que las editoriales le echaran un ojo a sus escritos. Completó la carrera de medicina y ejerció un tiempo como cirujano. Pronto se percató que su verdadero talento radicaba en la escritura.

Carlos de Lorenzo

C.d.lorenz@hotmail.com

El tesoro del Carambolo, engalanados para la inmolación

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El tesoro del Carambolo apareció a tres kilómetros de Sevilla, Camas, entre dos montes, el de San Juan de Aznalfarache y el de Santa Brígida. Fue en cerro Carambolo, perteneciente a un club de tiro al pichón, donde unos obreros encontraron en 1958 un magnifico tesoro fenicio del siglo VII a.C., compuesto por 21 piezas de oro de 24 quilates.

Sirvan las palabras del primer arqueólogo en tasarlas, Juan de Mata Carriazo, para describirlas: “Son joyas profusamente decoradas, con un arte fastuoso, a la vez delicado y bárbaro, con muy notable unidad de estilo y un estado de conservación satisfactorio, salvo algunas violencias ocurridas en el momento del hallazgo”. La teoría tradicional sostiene que el ajuar era portado por un solo hombre en ocasiones solemnes.

Un estudio de Fernando Amores y José Luis Escacena defiende una hipótesis diferente: el ajuar no engalanaba a un monarca tartésico, sino a un sacerdote y a dos bóvidos destinados a inmolarse en honor a los dioses fenicios Baal y Astarté.

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El mítico rey Argantonio, con los supuestos “pectorales” del Carambolo.

La investigación, publicada en la revista de prehistoria e historia de la Universidad de Sevilla, ha pretendido así esclarecer “quién y cómo” utilizó el ajuar aúreo. Juan de Mata Carriazo, tal vez para llamar la atención sobre el tesoro, sugirió que los objetos pertenecían al legendario rey Argantonio; una táctica ya usada por Heinrich Schliemann, el descubridor de Troya, atribuyendo la mascara de oro de Micenas a Agamenón.

El argumento más solido de la tesis de Amores y Escacena se basa en que “en la Antigüedad, la dedicación de primicias a los dioses consistían en sacrificios de animales que iban normalmente precedidos de la correspondiente procesión” y que “las costumbres religiosas requerían la vestimenta adecuada para la ocasión. De ahí que los animales se engalanaran convenientemente antes de ser presentados a la divinidad”.

Una prueba más sobre la veracidad de su tesis radica en que algunos toros representados sobre vasijas tartésicas llevan una prenda en los lomos, en referencia a una banda ancha o cincha posada sobre el lomo del animal y que cae por sus flancos.

Citan el poema de Prudencio, que describe un toro engalanado para una ceremonia con “los flancos entre guirnaldas entretejidas y cuernos envainados“. Tal testimonio probaría el papel de las placas rectangulares, que descansarían sobre las “bandas” coloradas sobre la espalda del animal. Lo que serían los “pectorales” del sacerdote, corresponderían a los frontiles de la testuz de los toros, y el sacerdote luciría los brazaletes en los biceps.

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El tesoro es desenterrado en 1958.

La vaca aparece engalanada con el juego frontil y placas que dispone de rosetas y el toro con el que carece de ellos. El ajuar que engalanaba a la hembra sería el que muestra de forma insistente la roseta, representación gráfica de la hierofonia de la diosa madre e icono de Astarté” y por exclusión, el otro lote revestiría al macho consagrado a  Baal, que encajaría con este dios si las medias esferas constituyen alusiones solares“.

Los mismos arqueólogos mencionan la oposición de María Luisa de la Bandera, profesora de la Universidad de Sevilla, a la idea de que el tesoro fuese para adornar a los bóvidos, pues “el oro era un metal de uso exclusivo de los dioses“.

A lo que responden Amores y Escacena que “al recibir un ajuar litúrgico sobre sus cuerpos, el dogma de la época sostendría que los animales experimentaban sobre sus cuerpos una transustanciación de su condición carnal, proceso por el que se convertían en la propia divinidad”.

Carlos de Lorenzo

C.d.lorenz@hotmail.com

Rising Storm, muere por el Emperador de Japón

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Tripwire Interactive vuelve a la carga dos años después de estrenar Red Orchestra 2: Heroes of Stalingrad, y lo hace con Rising Storm, un shooter táctico multijugador en primera persona que enfrenta al Cuerpo de Marines norteamericano con el Ejército Imperial de Japón por la supremacía en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial.

Se vienen a la cabeza parajes míticos de ese teatro de operaciones que, una vez pasado el frenesí por el Frente occidental y oriental, ha mostrado el séptimo arte en Banderas de nuestros padres o The Pacific: Guadalcanal, Iwo Jima, Peleliu, Saipan o el río Hanto. Todas las localizaciones han sido recreadas con minuciosidad por los diseñadores. Visualmente la ambientación es perfecta, la balística de las armas es un calco de la maquinaria bélica de los años cuarenta y las voces niponas crean la tensión previa a una suicida carga Banzai!.

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Un oficial japonés se abalanza sobre un marine estadounidense en el río Hanto.

El videojuego destaca por su crudo realismo y por su ritmo no frenético que premia la paciencia y la reflexión; una bala lejana que haga carne es sinónimo de cadáver efectivo, las explosiones cercanas pueden inutilizar al incauto durante unos segundos, los suficientes para ser rematado a punta de bayoneta o cortado en dos por una katana. Rising Storm enfatiza la táctica, y eso es algo que se aprende por la vía dolorosa: uno vence trabajando en equipo y aprovechando cada desnivel y cobertura donde desenfilar el enjuto cuerpo.

Esto logra una inmersión desconocida hasta la fecha. No se teme por la vida, como es lógico, pero la paciencia, aderezada con momentos épicos, engrasa al jugador hasta convertirlo en un soldado eficaz. Nada hay más grato que conquistar un último reducto y leer u oír un escueto “good job” de camaradas complacidos.

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Temido por los soldados japoneses, un operario de lanzallamas achicharra a los ocupantes de un búnker.

Cada integrante del equipo tiene su rol. El comandante otea con los prismáticos estableciendo las coordenadas de artillería, ordena el objetivo a atacar y pide reconocimiento aéreo. Los lideres de pelotón van armados hasta los dientes con metralletas Nambu o subfusiles Thompson y guían a sus hombres entre cortinas de humo. Los fusileros, la fiel infantería, ocupa el terreno y hace fuego graneado a media-larga distancia, mientras que los soldados de asalto barren las trincheras y edificios de fuerzas hostiles.

Existen otros roles específicos vitales: el francotirador que se ceba en aquellos que asoman el casco, el temible operario de lanzallamas, imprescindible para despejar las casamatas niponas y, para compensar, el arma más temida por los marines norteamericanos: el mortero de rodilla japonés. Utilizado con tiento puede diezmar a las oleadas que desembarcan en las playas. El primer disparo lo guía el ojo y la experiencia, los siguientes, rectificados, barren de vida la zona deseada. No es raro que los oficiales exijan el apoyo de los servidores de mortero ligero en zonas conflictivas.

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Rising Storm: 19,90 $ a través de Steam.

Como pasa en combate, donde el “fuego amigo” no lo es tanto, es difícil identificar a los enemigos entre el denso follaje selvático del Pacifico sur. Hay que guiarse por métodos visuales más sutiles para discernir si ese bulto en movimiento a 200 metros es hostil. Sirve consultar el mapa y prestar atención a la dirección de avance de tus compañeros, a la distintiva forma de moverse del infante americano del japonés y a ligeras diferencias en el uniforme.

Para muestra un botón; recuerdo haber dudado varios segundos al ver asomar un pie por debajo de un jeep volcado, solo se veía la punta de una bota. Finalmente cebé una granada y la arrojé, e hice bien. El susodicho llevaba polainas, indumentaria característica del uniforme estadounidense.

En definitiva, Rising Storm ofrece batallas de hasta 64 jugadores en mapas cuidados al detalle y de gran tamaño, pero bien equilibrados. Destacan las playas volcánicas de Iwo Jima con el monte Suribachi presidiendolas. Imprescindible presenciar una carga Banzai! en todo su esplendor, algo que aumenta las pulsaciones y seguro, doy fé, libera adrenalina. Larga vida al Emperador.

Carlos de Lorenzo Ramos

c.d.lorenz@hotmail.com