La batalla de Mülhberg, el día que Iberia parió leones

carlos v retrato ecuestre tizziano

“Vine, ví y Dios venció”. Carlos V, amenazada su hegemonía imperial por una coalición protestante, reúne a sus Tercios y a sus lansquenetes y avanza hacia el corazón de Alemania, logrando la victoria decisiva que anhelaba.

El año 1547 pilló a Carlos V  peleado con media Europa, pero apoyado por su fidelísima infantería española que empezaba a forjar su leyenda en campos de batalla extranjeros. Los Tercios de Lombardía, Hungría y de Nápoles desfilaban bajo la roja y blanca Cruz de Borgoña; y los 16.000 lansquenetes alemanes, 10.000 italianos y 5.000 belgas y tudescos, bajo el águila bicéfala del Sacro Imperio. La caballería de su hermano Fernando, futuro emperador austriaco, se le unió en Núremberg, aportando tres millares de caballeros.

La reforma religiosa estaba creando una escisión no sólo religiosa, sino también política en el seno del Sacro Imperio Romano Germánico. Los opositores al emperador Carlos V formaron la Liga Smalkalda y desafiaron la autoridad imperial. Carlos y su hermano, el archiduque Fernando, se unieron para combatir contra la Liga. Los luteranos contaban con una fuerza similar comandada por Juan Federico, el elector de Sajonia, y por Felipe el Magnanimo, landgrave de Hesse.

El campesino y el emperador

piquero cruz de borgoña

Piquero español con el aspa de Borgoña al hombro.

Internándose en tierras sajonas, los arcabuceros a caballo tuvieron constancia de que las fuerzas luteranas de la Liga Smalkalda  acampaban a tres leguas de las españolas, en la villa de Mühlberg. Basándose en su experiencia del año anterior, intentó una maniobra de hostigamiento. En Ingolstad los ejércitos ya se contemplaron durante seis días, produciéndose únicamente choques parciales. Carlos V buscaba la batalla definitiva.

Los jinetes del capitán Aldana informaron de la existencia de un vado por el que franquear el Elba. El duque de Alba, general de los ejércitos en Alemania, era consciente de la peligrosidad de cruzar un paso tan bien protegido, con el enemigo apoyando firmemente los pies en la orilla opuesta. Maná del cielo le llovió al Emperador, con la forma de un joven aldeano al que los sajones habían incautado una recua de caballos. Emulando las Termópilas, este Efialtes del siglo XVI mostró a los católicos un tramo del río con poco caudal.

Si el lado imperial presentaba anchas playas y suaves pendientes, el rebelde tenía laderas escarpadas y un muro “como los que se hacen para cercar heredades ”, otorgando una gran ventaja a las mangas de arcabucería protestante . Un bosquecillo del lado germano-español guarecía la artillería emboscada que empezó a batir a los luteranos haciendo fuego de cobertura para que los españoles se metieran hasta el pecho en el rio y lo franquearan.

Descamisados y con palabras de acero

Los luteranos hostigaban la ribera imperial desde barcas donde hacían mucho fuego de arcabucería. Cristóbal de Mondragón, cansado de que los alemanes expusieran sus cuerpos como becerros en el matadero, se echó al agua dando gritos de “¡Santiago y cierra España!”. Primero fue uno, luego otro, y finalmente siete españoles se lanzaron al río con dagas en los dientes, algunos a pecho descubierto y otros más acorazados, y dieron buena cuenta de los soldados de los botes. Pasada la batalla sus cuerpos desnudos serían premiados con ropajes de terciopelo y 100 ducados por cabeza.

Por tres veces cruzaron el vado los ya debilitados ejércitos de Carlos V, y por tres veces fueron rechazados. Pero la batalla de desgaste logró su efecto, y pronto pudieron ver las espaldas de los rebeldes de Juan Federico mientras se ponían en fuga. Los imperiales traían en su bagaje pontones, que se unieron a los abandonados por el enemigo, y cruzaron el vado con decisión.

La caballería ligera húngara, la italiana, el Emperador y el aldeano pasaron el río. El Austria era generoso y premió a su informador con igual número de caballos a los que le habían robado, dos, y 100 escudos de propina.

Descalabro luterano en Mülhberg

Así formada la vanguardia se procedió en picar al enemigo en desbandada, que se revolvía a dar la cara. Caminadas tres leguas, el enemigo se detuvo y ordenó una carga de caballería propia con la que romper la avanzadilla. Los húngaros por la derecha, reforzados por los herreruelos del duque Mauricio, hicieron la primera carga sobre una manga de arcabuceros, y tras esto, el duque de Alba dio orden de que se tocaran las trompetas en señal de carga general, guiando él mismo los hombres de armas de Nápoles.

El desbarajuste en la línea enemiga puso en fuga al ejército rebelde, que fue masacrado con igual saña con la que Yahvé mató a los primogénitos de Egipto. Sus jefes, Juan Federico y Felipe I de Hesse, fueron apresados y el resto de electores expiraron el ánima en la carnicería que precedió. La Liga de Smalkalda quedó disuelta, sus jefes encarcelados en el castillo de Halle y Carlos V salió triunfante y reforzado en su poder imperial. El Emperador era magnánimo e hizo honor a su nombre al encontrarse con la tumba de Lutero, pues no permitió su profanación. El Austria dijo: “Dejadlo reposar, que ya encontró su juez. Yo hago la guerra a los vivos, no a los muertos”.

Carlos de Lorenzo Ramos

c.d.lorenz@hotmail.com

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