Resumen de la Era del imperio 1815-1914 de Eric Hobsbawm

Introducción

He elegido el libro de Eric Hobsbawn sobre el imperialismo (1875-1914) por dos motivos: es una época que me fascina, pues es el canto de cisne del poderío del Viejo Mundo. En esa franja occidente llegó a controlar directa o indirectamente el 85% del mundo, desde el 35% inicial a principios del siglo XIX. El segundo motivo es la curiosidad que me suscita su autor, del que siempre he tenido buenas referencias, pero del que nunca había leído nada.

Por ello el paso previo ha sido indagar en la biografía del historiador marxista británico, aparte de sus orígenes familiares que él expone en el prefacio. Nació en Alejandría en 1917, donde se conocieron sus padres, un comerciante inglés y una aristócrata vienesa, ambos de religión judía, aunque “no practicantes”, un matrimonio imposible siglos atrás (o improbable). Aunque vivió en Viena sus padres se dirigían a él en inglés. En 1933, tras la muerte de sus padres, se trasladaron a Londres, donde Hobsbawn se doctoró en el Kings College, donde formó parte de una organización secreta de intelectuales llamada los Apóstoles de Cambridge (a ella han pertenecido entre otros Bertrand Russel, John Maynard Keynes o Alfred Tennyson). Participó en la Segunda Guerra Mundial en el Cuerpo de Ingenieros.

Pero lo más importante es que se unió al Partido Comunista en 1936 y fue miembro del Grupo de Historiadores del Partido Comunista de Gran Bretaña de 1946 a 1956. Aunque no se salió del grupo cuando la URSS invadió Hungría ese año, lo que se consideró un apoyo tácito, no comulgaba con el marxismo ortodoxo soviético, sino con el marxismo revisionista europeo. Desde esta postura colaboró en la década de los 80 en la publicación Marxism Today y en la modernización del Partido Laborista.

Desde 1947 fue profesor de Historia en el Birbeck College y fue profesor visitante en Stanford en los 60. En 1978 ingresó en la Academia Británica. En 1982 se retira, pero seguirá trabajando como profesor visitante algunos meses al año en The New School for Social Research algunos meses al año hasta su muerte en 2012.

A nivel académico sus ámbitos de interés fueron las dos revoluciones del “largo” siglo XIX, la Revolución Francesa y la Revolución Industrial británica en las que vio la tendencia impulsora hacia el capitalismo liberal de hoy en día. Otro de ámbito de interés fue el de los bandidos sociales y el desarrollo de las tradiciones en el contexto del estado nación. Muchos críticos consideran sus obras como accesibles y renovadoras. No es difícil encontrar sus obras  como referentes en las asignaturas de Historia de colegios y universidades (como es el caso).

Empieza el libro agradeciendo las cientos de lecturas y opiniones de colegas y estudiantes, y eso es muestra de humildad, a pesar de su notoriedad. Sus excusas siguen con un tema importante, y es que cada uno es hijo de su tiempo y que por ello existe la historia y la memoria, y entrambas hay un punto negro. Su último libro completa su trilogía decimonónica, pero expone que de este volumen no se siente tan distanciado como para que el tiempo manejado le sea extraño. Por eso se muestra doblemente precavido y pone sobre el tapete las herramientas de trabajo de un historiador: testimonios orales, contraste de fuentes y aplicación del sentido común; amén de procurar ser imparcial y crítico. Cabe apuntar que su tendencia historiografica se deja notar, como es natural.

Ve un siglo XIX donde triunfa el liberalismo y que está lleno de contradicciones, pues como dice el autor, “nunca hubo tantos años de paz sin precedentes que generara una guerra sin precedentes”. A lo que opino que la Historia no es cíclica (el conocimiento acumulado, la globalización y las innovaciones lo impiden) y que ya se ha aprendido la lección de que las guerras totales no se pueden ganar rápidamente y menos aún con armamento nuclear de por medio (mutua destrucción asegurada). Quiero decir con esto que en 1914 todos los beligerantes partían con entusiasmo a un conflicto que creían que se iba a resolver rápidamente tras una o dos batallas decisivas como había ocurrido en los breves choques anteriores (guerra francoprusiana o austroprusiana).

El primer mundo y el resto

Las diferencias entre Europa y el resto del mundo se acusaron, y lo que llamamos Primer Mundo se empezó a separar del Tercer Mundo. Culturalmente no eran valoradas las producciones foráneas a las de la intelectualidad europea (entre las que se incluia Rusia, con Dovstoyevski o Tolstoi), y en la que una incipiente superpotencia económica como EE.UU quedaba atrás. Esto era así porque la cultura burguesa era hecha por y para un pequeño número de gentes en lo alto de la escala social, sin que intervinieran en ella las clases inferiores.

En principio en “el mundo desarrollado la población adulta masculina se aproximó cada vez más a los criterios mínimos de la sociedad burguesa: todas las personas eran libres e iguales ante la ley”. Aunque a la hora de la verdad el dinero era lo que mandaba. Influía en quien valía más o no en la sociedad y la policía consideraba tácitamente la existencia de “clases torturables y clases no torturables”. En España la Guardia Civil se empleó en reiteradas ocasiones como fuerza de reacción contra las masas obreras y los huelguistas, que acusaban a la Benemerita de abusos.

Destaca Hobsbawn la importancia de la educación a la hora de diferenciar los “países avanzados” de los rezagados. “La política, la economía y la vida cultural se había emancipado de la tutela de las religiones antiguas, de los reductos de tradicionalismo y la superstición”. El baremo a partir de 1870 para ver si un país era desarrollado empezaba a ser si la población estaba alfabetizada. Esto implicaba que España, Portugal, Rusia o Italia estuvieran en el margen entre las naciones de primer orden y de segundo, y así eran tratados, pese a su glorioso pasado. Normalmente esto venia ligado a que la población de las ciudades estaba más intruidas que la rural, y cabe destacar el incremento tanto de las metrópolis y ciudades debido al éxodo rural. Cita la excepción de Suecia que en 1850 un 90% eran campesinos y solo había un 10% analfabetismo. Es interesante la razón de que la ética protestante animaba al alfabetismo (la lectura de la Biblia).

Imperialismo

Se denomina así la época que va de 1875 a 1914 como imperial por la extensión de los dominios y por la gran cantidad de monarcas que se denominaban emperadores: el de Alemania, Austria, Rusia, Gran Bretaña y Turquia; incluso Francia brevemente. Esto era por definición un estado multireligioso, multicultural y multiétnico que se ha expandido mediante anexión y mantiene su crecimiento. Y este último punto es importante ya que durante la última parte del siglo y parte del XX mantendrán un hambre voraz de colonias. También estaban los emperadores de Persia, China, Japón y alguno más. Lo importante es que la mayoría de estos imperios desaparecerán tras la Primera Guerra Mundial (5 de ellos) y adía de hoy solo queda el de Japón y es a título honorifico.

Más que nombre lo importante es lo que conllevaban estos imperios expansivos, que eran las colonias. La supremacía ya existía desde el siglo XVIII pero es en esta época cuando se inicia la conquista. Incluso la pequeña Bélgica se quedó una gran pieza africana, el Congo. Se convirtió en motivo de prestigio la posesión de estos territorios y ello llevó a España, tras la perdida de Cuba a consolidar sus pobres posesiones en Marruecos (con desastroso resultado en el Anual en 1921).

El como occidente domeñó al resto del orbe en pocos años, más acusadamente desde 1870 (en el que cada Estado buscaba un lugar bajo el sol) hasta 1930 puede explicarse por las mejores tácticas y estrategias militares, la profesionalidad y agresividad de los soldados europeos (que tenían a sus espaldas una gran tradición de infantería desde el Renacimiento, pasando por la Guerra de los Treinta Años o las Guerras Napóleonicas), un conocimiento detallado del mundo, innovaciones tecnológicas y sobre todo el poderío de la industria propiciada por la Revolución Industrial. En cuanto a la agresividad de los europeos, que chocó a por ejemplo, los nativos americanos, se explica en que combatían a muerte y no para capturar esclavos como sí sucedía de forma generalizada en todo el mundo (guerras floridas y ritualizadas). Los europeos fueron los primeros en sorprenderse de sus fulgurantes éxitos (y algún descalabro) y lo atribuyeron a superioridad racial y moral.

En resumen, los estados europeos y EEUU se repartieron el mundo no occidental, iniciando un juego entre ellos, y ya al final arrebatando colonias a potencias europeas de segundo orden (Cuba, Puerto Rico y Filipinas a España). Solo se libró de esta rapacidad territorial América Latina, formada por jóvenes repúblicas (“que no impresionaban a nadie”). Por supuesto estaban bajo el ala protectora de EEUU con la Doctrina Monroe (y durante su guerra civil su no vigilancia fue aprovechada por las otras potencias para intervenir en México), y Gran Bretaña intervino diplomaticamente para proteger sus intereses (destrucción de Paraguay a manos de Argentina, Brasil y Uruguay).

No solo era el animo de lucro lo que movía a los empresarios capitalistas a este paso imperialista, también “impulsos ideológicos, políticos, emocionales, patrióticos e incluso raciales”. Me parece interesante este punto ya que el marxismo ha reducido durante mucho tiempo todo a intereses económicos y es evidente, como apunta el autor, que hay motivaciones más allá que la explotación de recursos y personas con el fin de obtener dinero. La principal causa que alega el autor es la búsqueda de nuevos mercados donde colocar sus productos (y en épocas de proteccionismo otros estados buscarían territorios propios). Esto explica porque Alemania superó a Reino Unido económicamente: consiguió colocar más productos manufacturados en el exterior.

Otro dato que me gusta es que en este periodo la red ferroviaria pasó de 200.000 km a 1 millón. Principalmente en los territorios extraeuropeos, aumentando las posibilidades de explotación de territorios marginales (y cito Uruguay de finales del XIX porque he tratado el tema en la asignatura correspondiente). América Latina, por ejemplo, se convirtió en productor de recursos que se consumian en Europa y EEUU, cada país especializándose en unos productos en vez de crear industria propia (Argentina trigo y carne o Brasil café). “Se vieron atrapadas en la trampa de la especialización internacional”.

Sociedad

Otro punto interesante es que el imperialismo permitió aliviar excedentes de población y aumentar el nivel de vida de los ciudadanos, y no menos importante el sentimiento de “gloria” por conquistar “lugares exóticos de gentes de piel oscura” (dice irónicamente). El sentimiento de superioridad tocaba por igual a todas las clases, ricas o pobres (es en esta época cuando surgen los científicos raciales, con sus medidas antropométricas, hoy considerada speudociencia). Será cuando la economía empiece a ir peor, a partir de 1880, en el que se da cierto proteccionismo cuando florezcan los movimientos obreros, ya conscientes de su poder.

Paradojicamente surgen unas masas obreras generadas por el capitalismo que exijen la desaparición de este, aun cuando a finales del XIX empieza a mejorar su calidad de vida. Los hábitos de la burguesía serán copiados por estas nuevas clases sociales según obtengan poder adquisitivo. La democracia hizo a la burguesia tradicional reinventarse y buscar una nueva identidad, protegida por su colchón de confort y capital. En todos los países democráticos avanzaron los partidos que se decían progresistas, y en cierta medida ampliaron el bienestar de los ciudadanos.

Será el periodo revolucionario de 1905 en Rusia, y anteriormente en Gran Bretaña y Francia, el que interese al autor, aunque admita que parte del siglo XX estará modelado por la anterior era imperialista. Que ha dejado su huella en el comercio, la emancipación de la mujer e incluso en el disfrute de masas como el cine o los espectáculos deportivos.

El tema del feminismo y la liberación sexual es especialmente interesante, ya que en prácticamente todas las culturas y todos los tiempos la mujer ha tenido su rol, pero siempre en segundo plano frente al varón, y es en las sociedades democráticas del siglo XIX cuando esto empieza a cambiar. Es interesante, ya que admito que no es mi tema de interés principal, como esta lucha emancipadora se inició por campeones de la vida alegre, bohemia y que defendía el derecho de acostarse con cualquiera. También las dudas que suscitó el nuevo rol de la mujer en la sociedad, ya que debían seguir compatibilizarlo con ser madres.

Esta fe en el progreso vino marcada por la revolución tecnológica. A este último periodo del siglo XIX pertenece el teléfono o la luz eléctrica. Y posteriormente el automóvil o aeroplano, la gente presenciaba atonita los cambios vertiginosos que se producian en el modo de vida (aún más acusados que hoy, acostumbrados a este progreso). Se actualizó la primera Revolución Industrial, consistente en vapor y hierro, por acero y turbinas en este segunda.

Conclusión

Es díficil condensar en un trabajo más de 300 páginas en las que cada una está cargada de contenido. Eso habla bien del libro, de lo evocador que resulta e invita a profundizar más en la obra de Hobsbawn.

 

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