Ypres 1917, el Kaiser Guillermo se atreve a usar el gas mostaza

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El 21 de julio de 1917, el ejército alemán probaba proyectiles de gas mostaza en Ypres, el arma química más refinada hasta el momento.

Cuando el Kaiser Guillermo destapó el gas venenoso de la caja de Pandora, elevó el terror de la Primera Guerra Mundial a cotas inimaginables. La iperita fue usada por los alemanes por primera vez en 1915 contra las posiciones defendidas por los soldados coloniales franceses en Ypres. Al dispersarse la nube de gas el éxito había sido abrumador; tanto que ellos mismos quedaron sorprendidos al avanzar los metros que les separaban de la trinchera enemiga. Los zuavos marroquíes y los argelinos yacían muertos entre vómitos y sus semblantes estaban pálidos por la asfixia. El cloro había colapsado su sistema respiratorio, causándoles una muerte rápida y agónica. Algunos se habían suicidado, dejando la trinchera literalmente barrida de vida. Nunca se consiguió un éxito con el gas como aquel día y aun así las tropas del Kaiser no supieron explotar la ventaja estratégica. Pronto la guerra química fue imitada por los Aliados y se convirtió en un arma estándar.

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Fritz Haber visita el frente para evaluar los efectos del gas.

De todas las armas químicas, la más infame fue el Gas Mostaza, que los científicos de la empresa Bayer pusieron a prueba el 21 de julio de 1917 en el saliente de Ypres. Se disparaba mediante proyectiles de artillería convencionales que, al reventar, desperdigaban un líquido por el suelo que se evaporaba lentamente. Aunque no estaba diseñado como agente letal, si entraba en contacto con la piel producía quemaduras graves y al inhalarse los órganos internos se hacían añicos.

La cabeza pensante detrás de la guerra química era el catedrático Fritz Haber, director del Instituto Kaiser Wilhelm. Sus científicos se pusieron con entusiasmo a las ordenes del Jefe de Estado mayor alemán Von Falkenhayn, que ya advirtió sus intenciones: “La industria y la ciencia deben poner en marcha nuevas armas que pongan fin a la guerra de posiciones, incluyendo las químicas”. El Alto Mando rechazó los primeros envíos por considerarlos inocuos. Querían algo que matara y empezaron a usar cloro en animales para estudiar sus efectos, produciéndoles el colapso interno y la muerte agónica. Fritz Haber se lo explicó con todo lujo de detalles a Von Falkenhayn, y éste quedó complacido.

Surgieron compañías de élite en ambos bandos, los alemanes las llamaban Compañías de Desinfección, que se especializaron en el manejo de estas sustancias. Pronto se convirtieron en expertos y así se lo hacían saber por carta a sus familiares: “La teoría es impulsar el gas viento a favor. Si es demasiado fuerte, el gas se dispersa de forma muy rápida y si sopla suave no se mueve nada”. Lo ideal quedó estipulado en unas rachas de viento de 20 kilómetros por hora. Una petición algo utópica con el viento cambiante de Flandes.

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Un infante se ahoga en medio de una nube de gas.

La tradicional sabiduría del infante no sirvió de nada. Los remedios caseros incluían orinar en las polainas y cubrirse la cara, con la creencia de que la orina cristalizaría el gas. En el momento en el que el uso del gas se convirtió en algo generalizado se pasó de medidas rudimentarias a la fabricación masiva de mascaras de gas. Las “mascaras de cerdo” protegieron la vida de muchos infantes, aunque el daño interno afectara a más de un millón de personas. Cuando repicaron las campanas de la paz, muchos franceses que creían haber salido indemnes de la contienda tenían los pulmones destrozados y padecieron problemas de salud de por vida.

Veinte años después, con el Tercer Reich contra las cuerdas, Hitler no desdeñó el uso de armas de terror como los cohetes V2 y aun así no recurrió al gas mostaza; tal vez por su ineficacia o por haber sido gaseado él mismo en el Frente Occidental. El caso es que hasta a uno de los mayores genocidas le parecía un arma deplorable.

Carlos de Lorenzo Ramos

c.d.lorenz@hotmail.com

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